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Sobre el AMOR

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Introducción

A lo largo de la historia del hombre, es mucho lo que se ha dicho sobre el amor. Sobre él se han compuesto odas y poemas, himnos y encomios, se han narrado novelas y contado tragedias. Todos conocemos el triste final de Werther y sabemos de la trágica muerte de Ana Karenina. Algunos hemos leído las historias melancólicas de Dostoyevski y recordamos el drama de Madame Bobary. Sabemos, por Ernesto Sábato, lo que se puede llegar a hacer en nombre del amor; y somos concientes del valor que la historia de Paris y Helena tuvo sobre el pensamiento de occidente. Sin embargo, aunque el amor parezca ser el sentimiento más conocido del mundo y todos tengan algo que decir respecto a él, son muy pocos los que han intentado pensarlo como tal, los que lo han visto no sólo bajo la melancólica amargura del romanticismo, sino en toda su potencialidad creadora. Para estos pocos, el amor no se agota en una definición psicológica, física o biológica. Al contrario, el amor es un estado que nos habla de nosotros mismos, de nuestra vida; y, más aún, de la vida misma. 

Entre estos hombres creo que es necesario resaltar a Marcelo y a Federico. Ambos, llenos de profunda jovialidad e ironía, descubrieron la fuerza productiva del amor, aquella que nos habla de la voluntad de poder, de la voluntad de crear.

En este sentido, el presente texto tiene como propósito dilucidar cuál es el lugar que ocupa el amor, tanto en el pensamiento de Federico como en el de Marcelo, y ver cómo esta noción encaja en la totalidad del pensamiento de ambos escritores. No obstante, la tarea que aquí me he propuesto dista mucho de ser un ejercicio fácil y superficial. Por lo que este trabajo no es más que una pequeña introducción a este problema, un abrebocas a un tema sobre el cual habría mucho que decir y pensar.  

Uno de los principales inconvenientes con los que nos topamos al tratar de determinar con claridad qué significa determinada palabra o concepto en Federico—tal vez resulta ser un poco menos complicado en Marcelo— es que, como suele pasar con Federico, el significado de cada palabra se modifica constantemente y sólo logra ser esclarecido de manera provisional y en contextos específicos. No obstante, trataré de recorrer la sutil línea que se puede trazar entre todos y cada uno de los momentos en que Federico habla del amor,  para mostrar cómo el amor, y más concretamente la voluntad de amor, no es más que una expresión de la voluntad de poder. De igual forma, rastrearé la noción del amor de marcelo, con el fin de confrontar a ambos pensadores.

JAJAJAJAJAJA...... el amor.

Para empezar, cuando Federico habla de amor no tiene en mente el amor platónico ni el de Marcelo, es decir, el amor que se mueve en pro de la satisfacción del deseo de poseer aquello que nos falta, de lo que carecemos. El deseo, entendido como “el movimiento de algo que va hacia lo otro como hacia lo que le falta a sí mismo”[1], no es el mismo deseo al que se refiere Federico. Es por ello, que entender el amor de Federico como la búsqueda y el gozo de encontrar esa otra mitad que nos falta, ese pedazo de nosotros que nos fue cercenado, para volver a ser, a través de un eterno abrazo, uno solo[2], no sólo es inadecuado, sino incorrecto.

En efecto,  lo que subyace al sentimiento del amor no es el interés de hallar aquello que me hace falta, sino, más bien, un movimiento que se da en miras a una nueva propiedad. Así, “el amor sexual se delata más claramente como impulso compulsivo de propiedades: el amante no quiere otra cosa que la posesión exclusiva e incondicional de la persona anhelada por él; así mismo, quiere un poder incondicional tanto sobre su alma como sobre su cuerpo; quiere ser amado exclusivamente, vivir y dominar sobre la otra alma como si fuera lo más alto digno de ser deseado”[3].

En este sentido, el deseo como carencia, es decir, como la búsqueda de lo otro en tanto que “está presente en quien desea, y lo está en forma de ausencia [de tal forma que el] deseo no es más que esta fuerza que mantiene juntas, sin confundirlas, la presencia y la ausencia”[4] —la presencia de la cosa que se desea en quien la desea, porque de lo contrario no la desearía, y la ausencia de la misma, su carencia, puesto que de otro modo tampoco la desearía—, se contrapone al deseo de Federico entendido como deseo de posesión, posesión por la posesión misma[5]. En efecto, el amor en Federico sólo puede ser leído como expresión de una voluntad de poseer que se satisface, no tanto en ese algo que se posee, sino en el acto mismo de poseer.

Ahora bien, tanto el amor nietzscheano como el proustiano se mueven alrededor de dos ideas constitutivas, que si bien, no son equiparables, por todo lo que se ha dicho, sí develan algunos rasgos de lo que implica el acto de poseer en el amor. Estas ideas son: 1) la posesión misma de lo que se ama, y 2) la exclusividad. Tanto en Marcelo como en Federico existe la necesidad de poseer, sólo que a la base del primero está, como ya se dijo, la carencia, mientras en el segundo se encuentra el poder, la posesión misma. En efecto, para Marcelo “la posesión de lo que se ama es una alegría aun más grande que el amor”[6], lo que se busca cuando se está enamorado es poseer aquello que se ama. Poseerlo y amarlo exclusivamente:

De todas las maneras de producirse el amor, y de todos los agentes de diseminación de ese mal sagrado, uno de los más eficaces es ese gran torbellino de agitación que nos arrastra en ciertas ocasiones. La suerte está echada, y el ser que por ese entonces goza de nuestra simpatía, se convertirá en el ser amado. Ni siquiera es menester que nos guste tanto o más que otros. Lo que se necesitaba es que nuestra inclinación hacia él se transformara en exclusiva. Y esa condición se realiza cuando —al echarlo de menos— en nosotros sentimos, no ya el deseo de buscar los placeres que su trato nos proporciona, sino la necesidad ansiosa que tiene por objeto el ser mismo, una necesidad absurda que por las leyes de este mundo es imposible de satisfacer y difícil de curar: la necesidad insensata y dolorosa de poseer a una persona[7]. 

Más aún, el amor parece ser la exigencia de un todo[8] que no estará satisfecha hasta el momento en que se posea por completo al ser amado. En palabras de Marcelo: “no se ama más que aquello que no se posee enteramente”[9]. De modo tal que los celos resultan ser “una inquieta necesidad de tiranía aplicada a las cosas del amor”[10]. 

Por su parte, el amor como posesión se traduce en federico en dominación: lo que se quiere es la pura posesión. Lo que se esconde tras el amor por otro no es más que un amor como poder.

El demonio de la dominación —el demonio que atormenta a los hombres no es el deseo, ni la necesidad, sino el amor al poder. Aunque lo tengan todo, salud, casa, todas las necesidades cubiertas, seguirán siendo desgraciados y caprichosos, porque el demonio quiere ser satisfecho y aguarda su hora. Que se les prive de todo y se satisfaga a este demonio y casi se sentirán felices –tan felices como pueden serlo los hombres y los demonios–. Pero ¿a qué he de repetirlo? Lutero lo dijo ya mejor que yo: "¡si nos lo quitan todo, cuerpo, bienes, honor, mujer e hijos, dejádles que lo hagan! ¡Siempre nos quedará el imperio!" Sí, sí, el imperio.[11]. 

Así, igual que la voluntad de verdad[12] es expresión de la voluntad de poder, que domina, amolda, transforma, la voluntad de amor, es decir, el deseo de poseer, por la posesión misma, no es más que un transformar en lo que somos nosotros mismos algo nuevo. Nuestra forma de poseer, de dominar, se expresa, de esta manera, como un placer en nosotros mismos que quiere mantenerse de pie a través de dicha transformación[13]. Amar, poseer a alguien, es, de esta forma, el amoldamiento de eso que amamos a lo que somos nosotros mismos; así, lo dominamos, lo hacemos a nuestra imagen y semejanza, lo acercamos, de manera tal, que renuncia a sí mismo.

El amor quiere quitar del amado todo sentimiento que haga de él un extraño; está, por consiguiente, lleno de disimulo y de asimilación; engaña sin cesar, y representa la ficción de una igualdad que realmente no existe. Esto es tan instintivo, que mujeres enamoradas niegan el disimulo y este dulce y continuo engaño, y sostienen audazmente, que el amor hace iguales; es decir, que realiza el milagro de los milagros. El fenómeno es muy sencillo cuando una persona se deja amar y sin fingimientos, dejando este cuidado al otro amante; pero no hay comedia más embrollada y más intrincada que esta, cuando ambos estén apasionados. Entonces cada uno de ellos renuncia a sí mismo y se pone al nivel del otro, sin que ninguno de los dos sepa lo que debe imitar, lo que debe fingir, cómo debe presentarse. La locura de este espectáculo es demasiado sutil para ojos humanos[14]. 

Ahora bien, esta acción de poseer, de dominar a otro, tiene un desenlace negativo en Marcelo. Para él, la necesidad de poseer a otra persona no sólo es absurda, sino, además, imposible de satisfacer. Pero lo irónico y, hasta cierto punto, trágico de todo esto es que a pesar de que dicha necesidad es absurda se sigue deseando y se deseará siempre. Desde la perspectiva d Federico, esta cuestión tiene una salida positiva, pues no sólo podemos poseer a la otra persona, sino que el hecho de poseerla nos genera dos sentimientos; por un lado, una especie de cansancio, de hastío, respecto a ella: poseemos el objeto sobre el que queríamos tener poder y, en ese mismo instante, lo perdemos, porque ya nos pertenece, y esto nos causa cierta “desilusión” e inconformidad. Como consecuencia de esto, y en segundo lugar, surge en nosotros un nuevo anhelo de dominio, nuestro viejo objeto de “deseo” se ve remplazado por un nuevo objeto. Después de todo, el poder mismo sólo es en la medida en que sea y mientras sea un querer-ser- más-poder, un querer-ser-más-fuerte[15], siempre. 

... Poco a poco nos sentimos hartos de lo viejo, de lo que poseemos con seguridad, y tendemos las manos nuevamente. Aún el más bello paisaje no puede mantener ya con garantía nuestro amor por él, después de haber vivido allí tres meses, y nuestro deseo se ve atraído por alguna costa lejana. El objeto de la posesión se hace más pequeño, la mayoría de las veces, una vez que se posee […] quedar hartos de cierta posesión, equivale a decir quedar hartos de nosotros mismos[16].  

En segundo lugar, tanto en Federico como en Marcelo el amor implica la dinámica de la dominación por medio de conceptos tales como: la exclusividad y los celos[17]. En efecto, para Marcelo la “lógica de los celos consiste en secuestrar, encerrar, al ser amado […] Secuestrar es, en primer lugar, vaciar al ser amado de todos los mundos posibles que contiene, es descifrar y explicar estos mundos”[18]. En otras palabras, los celos devienen cárceles donde mantenemos secuestrado a nuestro ser amado. Secuestrar resume, de esta forma, toda la “ley del amor”. Federico lo expresa de otra manera: 

Compruébese cómo [el amor] no significa otra cosa que excluir a todo el mundo de un precioso bien, felicidad y goce; compruébese además cómo el amante persigue el empobrecimiento y la miseria del resto de los que compiten, y quiere convertirse en el dragón guardián de su dorado tesoro como el más irrespetuoso y egoísta de todos los <<conquistadores>> y explotadores. Compruébese, finalmente, como para el propio amante el resto del mundo le resulta indiferente, pálido, carente de valor y cómo está dispuesto a soportar cualquier sacrificio, a destruir todo orden y a subordinar todo posible interés[19]. 

Esta exclusividad, este celar, no son más que un ‘abstraer’ de un contexto, de una gama de mundos posibles, al ser que amamos, al que buscamos poseer. Pero abstraer no sólo implica secuestrar a ese otro, sino, también ‘aniquilar’ todo lo que lo rodea con el fin de delimitar su mundo sólo a nuestra propia existencia. Lo más curioso de todo es que el amor, el poseer a alguien, no sólo implica este egoísmo de sustraerlo, de alienarlo, sino, además, en muchos casos, un interés del propio amado de ser poseído, de ser dominado. Bien dice Federico: “el amor que quiere dominar y el amor que quiere obedecer”[20].

Específicamente, el amor se entiende de tres maneras distintas. Las dos primeras, relacionadas entre sí, son positivas y vivifican, por un lado, el amor como expresión de la voluntad de poder, entendida no sólo como dominación, sino, además, como creación; y, por el otro, la idea del amor al amigo. La otra, negativa, es el amor entendido como amor al prójimo, sobre el cual se cultiva la idea de compasión. El amor al prójimo no es más que un mal amor a nosotros mismos. En efecto, cuando huimos al prójimo no estamos más que huyendo de nosotros. El prójimo aparece, de esta forma, como un testigo al que invitamos cuando queremos hablar bien de nosotros mismos; ya que cuando seducimos al prójimo a pensar bien de nosotros también nosotros pensamos bien de nosotros. En efecto, el amor al prójimo es una forma egoísta de amar, pues nos vemos en los otros como en un espejo que al mostrarnos algo nos garantiza una especie de bienestar, este amor es un amor no generoso, al que le falta abundancia. Sin embargo, esta idea de amor al prójimo se entiende mejor cuando observamos el lugar que la compasión ocupa en dicha idea. Los compasivos son, tanto para federico como para Mi, la vergüenza de los hombres: no logran mantener una distancia, tomar pudor frente a lo que sufre, los compasivos son los que, buscando ‘ayudar’ al que sufre, ofenden profundamente su orgullo.

Mis experiencias me dan derecho a desconfiar en general de los llamados impulsos <<desinteresados>>, de todo el <<amor al prójimo>>, siempre dispuesto a dar consejos y a intervenir. Los considero en sí como debilidad, como caso particular de incapacidad para resistir a los estímulos, -sólo entre los decadentes se califica de virtud a la compasión. A los compasivos yo les reprocho el que con facilidad pierden el pudor, el respeto, el sentimiento de delicadeza ante las distancias, el que la compasión apesta enseguida a plebe y se asemeja a los malos modales, hasta el punto de confundirse con ellos[21].

Más allá de este mal amor al prójimo, más allá de esta idea de compasión, Federico propugna por un amor al lejano, al venidero, al futuro, al hombre dueño de si mismo. Pero más ‘cercano’ que éste al amigo. El amor al amigo transforma la compasión del decadente en un lugar de descanso para el amigo sufriente, porque todo amor grande supera la compasión: “si tú tienes, sin embargo, un amigo que sufre, sé para su sufrimiento un lugar de descanso, mas, por así decirlo, un lecho duro, un lecho de campaña: así es como más útil le serás”[22].

La reivindicación que se  hace del amor al amigo y al lejano se entiende a la luz de la idea del amor como creación, —en tanto que crear es la voz de la voluntad de poder—. En efecto, si todo gran amor, que es este amor al amigo, está por encima incluso de toda compasión es porque él quiere además crear lo amado[23]. Este amor del creador, este amor que crea, es el reflejo más claro de la voluntad de poder y del amor como expresión de la misma. En efecto, al igual que como sucede con el creador de las nuevas tablas de valores —que tiene que ser aniquilador antes que creador— el amante se ama a sí mismo y ama porque desprecia, como sólo los amantes saben despreciar, el amante quiere crear porque desprecia, y en su desprecio se engendra su creación.

El amor como creación produce anhelo y sed de ser dueño de si. Por ello, el amor que glorifica no es hacia el prójimo sino al amigo y, de esta forma, al lejano. 

Sea el amigo para vosotros la fiesta de la tierra y un presentimiento del hombre superado[…] yo os enseño el amigo en el que el mundo se encuentra ya acabado, como una copa del bien, -el amigo creador, que siempre tiene un mundo acabado que regalar […] el futuro y lo lejano sean para ti la causa de tu hoy: en tu amigo debes amar al hombre superado como causa de ti[24]. 

Este amor, ya sea entendido como dominación del otro o como creación, no es más que una expresión de la voluntad de poder. El amor como creador es la fuerza —como diría Safranski—que mantiene a la vida en la vida, no sólo porque «hechiza el mundo a nuestro alrededor», sino que este amor creador produce vida: “Un cuerpo más elevado debes tú crear, un primer movimiento, una rueda que gire por sí misma, - un creador debes tu crear […] la voluntad de dos de crear uno que sea más que quienes lo crearon”[25]. 

Así, nosotros amamos la vida no porque estemos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar[26]; pero este hábito de amar no es un simple amor a la vida, sino que es un amor al poder, a la vida entendida como voluntad de poder. El hombre superado se apodera de si.

En todos los lugares donde encontré seres vivos encontré voluntad de poder; e incluso en la voluntad del que sirve encontré voluntad de ser señor […] Y este misterio me ha confiado la vida misma. <<Mira, dijo, yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo […] donde hay ocaso y caer de hojas, mira, allí la vida se inmola a sí misma -¡por el poder![27]. 

Es por ello que el amor como expresión de la voluntad de poder, ya sea como dominación o como creación, no es más que un amor al poder: una voluntad de poder que se quiere a sí misma.

 

 

 

Autores consultados:

 Lyotard,  Platón,  Nietzsche,  Proust  Heidegger, Deleuze, Safranski, Bataille, Freud y nos se cuantos mas....

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