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La rebeldía en la era del discurso vacío

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El «mercado» —es decir, el entramado económico y la ideología que sustenta la forma de vida consumista— ha hecho con los discursos y culturas de la «rebeldía» lo que el antiguo conquistador con los territorios que colonizaba: se ha apropiado de ellos. Años atrás, los escritores despreciados por los regímenes conservadores, los artistas de vanguardia, los músicos de rock y ciertos líderes sociales hicieron de la rebeldía una forma de vida, un compromiso. Algunos de ellos han sido perseguidos/desaparecidos por sus militancias contestatarias, en tanto otros fueron exiliados, o silenciados con el olvido definitivo. «Gran parte de la Biblia —afirma Noam Chomsky (2006)— está dedicada a individuos que condenaron los crímenes de Estado y las prácticas inmorales. Son los llamados “profetas”. En términos contemporáneos, eran disidentes intelectuales. No hace falta analizar como fueron tratados: terriblemente mal, la norma para los disidentes».
Si la Revolución pasó de ser un «sueño eterno» a una «idea minúscula» —tal como postulan los posmodernistas— los actores sociales que expresaban su inconformismo, ¿se quedaron sin discurso? De la persecución a la apropiación, de la marginación al sueño del marketing, la figura del «rebelde» compite hoy en las góndolas y escaparates del mercado, y es funcional a sus estrategias.
El rock «sufre angustia de hegemonía —afirma Pablo Schanton (Manso 2006)—, está totalmente aceptado. En la era del conformismo y la permisividad, el roquero es el sujeto adecuado porque vive en un estado móvil, sin raíces, haciendo de la marginación una forma de vida, como le conviene al sistema». Los grandes códigos de la contracultura punk han sido fagocitados por la industria cultural. Los míticos Rolling Stones pasaron de ser un emblema de la rebelión sesentista a estrellas del mercado e íconos de la cultura de consumo. Como tantas otras estrellas, su alto perfil y sus proclamas libertarias están auspiciadas por grandes corporaciones de telefonía celular o gaseosas. Hasta los artistas alternativos del pop y del rock contratan hoy a empresas que se dedican a la imposición de marcas para asesorar sus imágenes e instalarlos en el ancho circuito comercial, lo cual no coincide con la conducta de los viejos rebeldes iconoclastas del rock. Muchos consagrados, incluso, utilizan los mundos virtuales —como Second Life— para difundir sus productos.
Así como la publicidad se ha apropiado de las formas estéticas y discursivas de la contrapublicidad, la industria cultural absorbió el discurso contracultural y licuó su contenido, diluyéndolo para adaptarlo a su propia lógica. De esta manera, en la sociedad se han magnificado los símbolos inútiles y los discursos vacíos. La imagen del Che Guevara sigue siendo utilizada para vender infinidad de productos, e incluso una iglesia británica se valió de su rostro —con una corona de espinas en la cabeza— para atraer a más jóvenes a su congregación.
Hoy la rebeldía de ciertos artistas de rock, por ejemplo, pasa por reivindicar el estado de millones de seres excluidos, sin críticas ni cuestionamientos, abordando un cierto conformismo que es fagocitado por el mercado. Por otra parte, algunos de los tópicos de la rebeldía —conciencia de género, aceptación de los derechos de las minorías sexuales, despenalización de las drogas blandas— han sido admitidos y asimilados por la conciencia media y la legislación (Ibid).
¿Qué define como rebelde a un movimiento social o una conducta individual? Su posicionalidad dentro o fuera del sistema: los valores que se ubican en los márgenes de ese sistema suelen ser considerados como típicamente rebeldes. «Si la rebelión se circunscribe a opciones de mercado (modas y demás consumos “contestatarios”, como la drogadicción suicida) esa rebelión no es tal (…). La dependencia del sistema no puede ser rebeldía porque no subvierte nada, y porque no pasa de ser un vistoso baile de máscaras» (Morales 2005). Los movimientos sociales de marginados y excluidos del sistema, ¿buscan subvertirlo, o reclaman un lugar en él?, ¿utilizan medios alternativos, o abordan los canales propios del poder? Al igual que las izquierdas políticas, que sólo reclaman hoy socializar el capitalismo globalizado. El sistema se ha vuelto, de alguna manera, incuestionable: sólo queda hallar ubicación dentro de él, posicionándose en una situación de mayor o menor sometimiento, pero nunca de ruptura.
Michel Onfray (1999) aplica el siguiente criterio para referirse a la figura del rebelde: el «sujeto» representa, para él, la síntesis de la sumisión, en tanto el «individuo» se define por su conciencia libre. «Todas las políticas apuntaron a esta transmutación del individuo en sujeto (…); al individuo sólo se lo tolera o celebra cuando pone su vida al servicio de la causa que lo supera y a la cual todos consagran un culto (…); el individuo debe ser destruido, luego reciclado e integrado en una comunidad proveedora de sentido (…); el juez, el político, el docente, el prelado, el moralista, el ideólogo, todos aman tanto a los sujetos sometidos que temen o detestan al individuo, insumiso». Desde su filosofía —acaso elitista y extrema— Onfray postula que ser rebelde es el arte de decir «no» a su tiempo, y de ser individuo en un mundo de masas.
La rebeldía que contenían los movimientos sesentistas ha sido privatizada —pasó de las conciencias y de las calles a la esfera privada— y el aumento de la economía de servicios, la proliferación e incidencia de los medios masivos de comunicación y la complejización socio-laboral han sepultado definitivamente las utopías. El hombre de hoy, asiduo a las nuevas tendencias y tecnologías, ya no pretende cambiar el mundo —al igual que el «sujeto» de Onfray— sino que sólo reclama un lugar en él.
En una sociedad tan mediatizada, es difícil subvertir un sistema desde una posición alternativa y no fracasar en el intento. Los rebeldes contemporáneos utilizan los soportes mediáticos del sistema —el subcomandante Marcos ejerce su rebeldía a través de Internet, Fidel Castro pasó a ser un mito entronizado por la televisión, y cientos de artistas e intelectuales contestatarios embolsan sin culpa las regalías por las ventas de sus productos culturales (cds, dvds o libros)—.
Asistimos al fin de la rebeldía como estado de insumisión e independencia de los sistemas establecidos. La sociedad contemporánea ha logrado promover un sujeto «sujetado» a los cánones del mercado, sin que ese sujeto tenga conciencia de ello. «El mercado enajena al individuo de sí mismo y simultáneamente le brinda opciones para rebelarse contra eso. El veneno y el antídoto» (Morales 2005).
La rebeldía de la modernidad era rupturista, sanguínea, visceral, idealista. La rebeldía contemporánea, en cambio, es edulcorada y conformista. Esta rebeldía hoy parece más una estrategia de marketing, una postura intelectual, una práctica esnob. ¿Qué hacen hoy los grandes íconos rebeldes de la contracultura atrapados en un sistema que financia sus propios valores? «No es que yo rompa las reglas: es que las reglas no existen», ha dicho el viejo rebelde Bob Dylan, en un mundo en el que los excluidos luchan por «incluirse» como usufructuarios de las ventajas del modelo hegemónico, inclusive a partir de sus mismas «reglas». Frente al discurso pálido y políticamente correcto de quienes se adaptan a las exigencias del mercado, la frase del viejo Bob suena como un arresto de intacta intensidad rebelde. Sin embargo, acaso sea el discurso mismo el que haya muerto, sepultado bajo los escombros de la modernidad.
¿Es que no pasó a ser la palabra un signo inútil en estos tiempos?

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