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El anarquismo epistemologico de PAUL FEYERABEND

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El presente texto debería ser una pequeña reseña, más simbólica que científica, sobre el Tratado contra el método de Paul Karl Feyerabend. Pero es que se trata de Feyerabend, el anarquista epistemológico, o el peor enemigo de la ciencia como lo han tachado otros. Su prosa amable, llena de sátiras y tintes cínicos, es sin duda una de las críticas, si no la mejor, si más explosivas a la metodología científica. De ahí que aunque tenga que ceñirme al libro señalado, su (porque no decirlo) caradura a la hora de criticar lo criticable me han llevado a comenzar a devorar sus escritos, y aunque todavía no he llegado al meridiano de su obra, si me encuentro con bases para empezar un breve articulo sobre sus principales tesis, y complementar, con diversas fuentes, el Tratado.

Siendo estudiante de epistemología, me siento atraido por su propuesta revolucionaria y sobre todo libertaria, la cual desde mi perspectiva abre puertas a la evolucion y progreso de la construcción del saber. Sin duda, por ser estudiante, se debe enterder que no estoy para autonombrarme anarquista epistemológico. 
Pero si debo reconocer a Feyerabend que en su dominio (historia y sociología de la ciencia) ha sabido criticar, quizá acertadamente, la práctica científica, y que su defensa del todo vale como el único método respetado por todos los científicos en la historia de la ciencia parece congruente. Si a esto le uno que según mi punto de vista, la filosofía ha de ser ante todo crítica de lo criticable (y criticable es toda obra humana), y mi gusto por el humor y la sátira, queda clara mi simpatía por la figura y el estilo del físico y filósofo dadaísta.

Dejando de lado este paréntesis que me he permitido, estructuraré el artículo sobre Feyerabend en cuatro puntos: el pluralismo metodológico, la oposición a la razón como fuente de progreso, la inconmensurabilidad, y la crítica del criterio de demarcación científico.

1. El pluralismo metodológico.

En el prólogo a la edición castellana de su Tratado contra el método (TCM), Feyerabend afirma que uno de los problemas capitales sobre la ciencia es saber cual es su estructura, cómo se construye y evoluciona.

Aquí es rotundo: la ciencia no presenta una estructura, no existen unos elementos que se presenten en cada desarrallo científico. O sea, que no hay elementos que se den en toda investigación científica y que no aparezcan en otros dominios. Al tratar de resolver un problema los científicos usan indistintamente un método u otro, no existe una racionalidad que guíe la la investigación científica. Al contrario, el científico hará uso de fuentes muy diversas que le vengan al caso para apoyar su investigación: sugerencias heurísticas, concepciones del mundo, disparates metafísicos, y otros medios muy dispares.

Ya aquí se apunta el problema del método científico, y la conclusión que se sigue es que no tiene sentido formular de una forma general, cuestiones tales como qué criterio seguiría para preferir una teoría a otra. Dicho más claro, la investigación con exito no obedece a estándares generales: ya se apoya en una regla, ya en otra, y no siempre se conocen explícitamente los movimientos que la hacen avanzar. La consecuencia es drástica: se va a pique cualquier intento de formular una metodología racionalista de la ciencia, y nos encontramos con que la ciencia se encuentra mucho más cerca de las artes de lo que nos pensabamos (este punto se desarrollará en el último epígrafe de este texto).

Como mantiene Javier Echeverría, entre otros, la idea de un método preciso y común a las ciencias adviene con la modernidad. Recordemos, al margen, que Aristóteles en su Metafísica y en otros tantos escritos no se cansó nunca de repetir que no existe un único método correcto en las ciencias y mucho menos que el hipotético deductivo sea el superior o más científico, sino que es el objeto de una ciencia el que determina el método apropiado o correcto en dicha disciplina.

Feyerabend, deudor de las tesis kuhnianas y de la historia de la ciencia, mantendrá que la idea de un método que contenga principios firmes, inalterables y absolutamente obligatorios que rijan el quehacer científico tropieza con dificultades considerables al ser confrontada con los resultados de la investigación histórica. Es más, no hay una sóla regla, por plausible que sea, y por firmemente basada que esté en la epistemología, que no sea infringida en una ocasión o en otra.

Afirma a continuación que estas infracciones, lejos de ser accidentales, son necesarias para el progreso. La violación de las reglas metodológicas, o incluso adoptar la opuesta son siempre aconsejables en una determinada situación. Así a veces es aconsejable elaborar e introducir hipótesis ad hoc, otras que contradicen resultados experimentales, etc. En suma, esta práctica liberal es razonable y absolutamente necesaria para el desarrollo del conocimiento.

Es más, el atomismo antiguo, la revolución copernicana, o la teoría ondulatoria de la luz surgieron de la violación de reglas metodológicas bien asentadas. Con esto se quiere ejemplificar que las revoluciones científicas generalmente han traido con ellas cambios metodológicos importantes, de ahí que la idea de un método fijo, o la idea de una teoría fija de la racionalidad, descansa sobre una concepción excesivamente ingenua del hombre y de su entorno social.

Al encontrarse con esto, Feyerabend se cobija en el anarquismo (epistemológico), y más concretamente con el liberalismo anarquista, concebido como un intento de aumentar la libertad, y el correspondiente intento de descubrir los secretos de la naturaleza y del hombre, por tanto el rechazo de criterios universales y de todas las tradiciones rígidas (que implicaría el rechazo de una gran parte de la ciencia contemporánea).

El anarquista epistemológico se opondrá entonces a todo tipo de restricción de su libertad (en el quehacer científico y metodológico), y mantendrán siempre la abolición de toda ley, obligación o deber. Su actitud será totalmente libre ante el juego científico. No obstante el término anarquista está cargado de connotaciones políticas demasiado pesadas, y además no se encuadra debidamente en lo que Feyerabend quería señalar. De manera que posteriormente preferirá el calificativo de dadaísta para su metodología: espero, dice en la introducción (nota 12) de su TCM, que tras la lectura del presente panfleto, el lector me recuerde como un frívolo dadaísta, y no como un anarquista serio.

El término dadaísta sin duda es más acertado, lejos de las connotaciones puritanas del anarquista, el dadaísta está convencido de que la vida sólo empezará a merecer la pena cuando nos tomemos las cosas a la ligera, cuando eliminemos del lenguaje los significados putrefactos acumulados durante siglos. Un dadaísta no sólo no tiene ningún programa, sino que está en contra de todos los programas, e incluso para ser un buen dadaísta se ha de ser también un antidadaísta.

Pues bien, a la vista de todo lo anterior, y tras una minusioso análisis de la historia de la ciencia, Feyerabend afirmará que no hay ninguna regla, por muy fundamental o necesaria que sea para la ciencia, que no haya sido violada. Si ha esto le unimos, como hemos visto anteriormente, que esta continua infracción metodológica es totalmente necesaria para el progreso, se sigue facilmente que el único principio que no inhibe el progreso es: todo sirve. Tal sería el único principio defendible (o sea el único que ha sido respetado universalmente) bajo cualquier circustancia y etapa del desarrollo de la humanidad.

Pero conviene matizar este principio. En Adios a la Razón, advierte que este principio puede leerse de dos maneras muy distintas. Una vendría a decir: yo (o sea, Feyerabend) adopto dicho lema y sugiero que se use como base del pensamiento; y la otra: yo no la adopto, pero describo simplemente el destino de un amante de los principios que toma en consideración la historia: el único principio que le queda será el todo sirve. Feyerabend acusa de falta de pensamiento claro a los críticos irritados, que desgraciadamente no han sido bendecidos con un exceso de inteligencia, ya que sólo han sabido leer el principio de la primera manera, cuando lo que se decía explícitamente era lo segundo. Y de hecho remite a un pasaje de su TCM donde dice claramente: mi intención no es sustituir un conjunto de reglas generales por otro conjunto; por el contrario, mi intención es convencer al lector de que todas las metodologías, incluidas las más obvias, tienen sus límites (...) e incluso de la irracionalidad de alguna de las reglas que la metodología considera básicas. De hecho el argumento de la contrainducción es una parte de la crítica de métodos tradicionales, no el punto de partida de una nueva metodología como parecen suponer muchos críticos.

Por lo tanto para matizar y examinar esta tesis fuerte, Feyerabend tiene que analizar el desarrollo del advenimiento de las teorías científicas, y ello le conduce en primer lugar a otra de sus tesis radicales: la contrainducción.

Su exposición comienza con la afirmación de que se puede hacer avanzar la ciencia procediendo contrainductivamente. Si partimos de la regla de la contrastación, que mide el éxito de las teorías según el acuerdo entre la teoría y los datos que favorecen a la misma, nos percatamos de que constituye la esencia del empirismo y de las teorías de la confirmación y de la corroboración. Pero si hacemos caso de la contrarregla que nos dice que es aconsejable o necesaria para la ciencia, no sólo ignorar las reglas, sino adoptar las opuestas, debemos pues, introducir y elaborar hipótesis que sean inconsistentes con las teorías y/o hechos bien establecidos, esto es, debemos proceder contrainductivamente (además de inductivamente, señala en su Contra el Método). Esto por dos razones:

En primer lugar un científico debe adoptar una metodología pluralista, debiendo comparar sus ideas con otras ideas, en vez de con la experiencia. Dicho de otra menera, la evidencia relevante para la contrastación de una teoría T a menudo sólo puede ser sacada a la luz con la ayuda de otra teoría T’ incompatible con T.

Y ello porque el conocimiento no consiste en una serie de teorías autoconsistentes que tiende a convergeren una perspectiva ideal; no consiste en un aceramiento gradual a la verdad. Por el contrario, el conocimiento es un océano, siempre en aumento, de alternativas incompatibles entre sí (y tal vez inconmensurables).

La segunda contrarregla en favor de la contrainducción viene dada por el hecho de que no existe una sola teoría interesante que concuerde con todos los hechos de su dominio.

Aquí habrá que señalar que ninguna experiencia, que ningún experimento está libre de teoría. Es decir, todo enunciado factual está contaminado de una serie de supuestos ontológicos o metodológicos que vician la vara de medir. El supuesto empirista, que podemos remontar a la Metafísica de Aristóteles, de que los sentidos son capaces de ver el mundo tal y como es, estaría (desde esta perspectiva dadaísta) a años luz de acercarse a la verdadera situación del hombre en el mundo.

De acuerdo con Hume, afirma Feyerabend, las teorías no pueden derivarse de los hechos. El requisisto de aceptar sólo aquellas teorías que se sigan de los hechos nos deja sin ninguna teoría. De aquí que la ciencia, tal y como la conocemos, sólo puede existir si abandonamos este requisito y revisamos nuestra metodología. Es más: casi ninguna teoría es consistente con los hechos.

A la luz de la fisiología, se advierte que la impresión sensorial se da en la medida en que existe un órgano receptor capaz de registrarla. Esto muestra que la impresión es un acto subjetivo, sin ningún correlato objetivo. Por otra parte, como ya se ha señalado, el examen hitórico nos enseña que toda evidencia está contaminada de supuestos teóricos.

Todo este caracter histórico-fisiológico de la evidencia, le permite mantener que el hecho no describe meramente un estado de cosas objetivo, sino que también expresa un punto de vista subjetivo y mítico que concierne a este estado de cosas, lo que nos obliga a echar una ojeada nueva a la metodología. Por tanto, sería extremadamente imprudente dejar que la evidencia juzgue directamente nuestras teorías sin mediación ninguna. Un juicio directo e indiscriminado de las teorías por los hechos está sujeto a eliminar ideas simplemente porque no se ajusten al sistema de alguna cosmología más antigua.

De todo esto se deduce (como segunda regla contrametodológica) que hay que buscar sistemas conceptuales que choquen con los datos experimentales aceptados, e incluso que propongan nuevas formas de percepción del mundo, hasta entonces ignoradas. Actuando así, se procede contrainductivamente. En lugar de inferir hipótesis y leyes inductivamente a partir de las observaciones contrastadas, el científico progresista actúa a la inversa.

Feyerabend emplea varios capítulos a la tarea de ejemplificar este supuesto mediante el argumento de la torre. En semejante análisis (que va desde los capítulos 6 al 16) se tocan además del problema de las interpretaciones naturales (que es lo que ahora viene al caso), el problema de la irracionalidad en la ciencia, y el de la inconmensurabilidad entre las teorías, que serán desarrollados en epígrafes separados.

En cuanto al tema de la contrastación de las teorías, que como hemos visto hace proponer a la epistemología dadaísta las reglas contrainductivas, se dedica el análisis histórico del argumento de la torre que emplearon los aristotélicos para refutar las teorías copernicanas.

Este argumento involucra, en palabras del propio Feyerabend, interpretaciones naturales, que servirán para ilustrar tanto la tesis del <

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Comentarios El anarquismo epistemologico de PAUL FEYERABEND

gracias amigo
snake snake 25/06/2010 a las 04:55

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